Rompiendo las olas / Breaking The Waves

 

 

Lars von Trier está ya consolidado como una de las figuras cinematográficas más importantes del panorama mundial en la actualidad. El especial estilo que lo llevó a idear el famoso Dogma 95 impuso nuevos cánones que de alguna u otra forma revitalizaron la manera de filmar de muchos otros realizadores. De la misma manera, sus célebres trilogías lo colocan como un cineasta de conceptos claros, de mensajes profundos y de cierta enigmática condición para establecer emociones y sentimientos concatenados.

 

“Rompiendo las olas” (Breaking The Waves, 1996) es la primera parte de la trilogía del “corazón de oro”, las otras dos serían Los Idiotas y Bailando en la oscuridad. En esta terna, las protagonistas son seres bizarramente buenas e inocentes. Bess (sublime Emily Watson) es una joven que habita en un pueblo escocés, rígidamente religioso, que desde un inicio se opone a su matrimonio con un hombre foráneo. Aún así, ella cumple su deseo y se une a Jan, interpretado por el erróneamente desvalorado Stellan Skarsgard, trabajador en una fábrica de extracción petrolera y relativamente libertino para el gusto de los ancianos del poblado.

 

La secuencia de la boda deja en claro esa adversidad cultural y, a la vez, el impacto generado por Bess, quien con un comportamiento ingenuo termina por desestabilizar a quien se ponga en su camino. Sin embargo, es el amor por Jan el verdadero motor de su accionar, el cual perdurará a lo largo de la cinta. Amor inquebrantable y hasta poco creíble. ¿Puede realmente alguien amar con tal devoción y firmeza? Eso parecen preguntarse quienes rodean a la atribulada joven y la miran con consternación, tratándola como a un bicho salido de un cuento de hadas.

 

Y nosotros, culpables testigos, pensamos igual. Nos sorprende su comportamiento abnegado, su rabia y posterior derrumbamiento. Como si la bondad no tuviera lugar en el mundo; como si las buenas intenciones fueran sinónimo de la imposibilidad humana. Es el ensañamiento de toda una sociedad para quien no traiciona la quintaesencia de sus sentimientos. Es inevitable compararla con Selma, la otra golden-heart girl (Bailando en la oscuridad); no obstante, debo decir que es aún más difícil de digerir la pasión de Bess. En ella no existen lazos sanguíneos, no es el amor filial el que la mueve sino el poder del amor de pareja, aquel tan desfasado últimamente y que resulta absurdo en ocasiones.

 

Desde un inicio y como firma de von Trier, la cámara es inestable y se tambalea hacia sus personajes. Se aproxima a sus rostros y los desenmascara con una sensación de desequilibrio que refleja un caos interno en ellos. El mismo caos que poco a poco atacará a una muchacha a la cual ronda la tragedia. Caos e inestabilidad que la colocan gritando frente al mar y luego orando en un rincón de la iglesia. Caos que la lleva a creer que su destino está marcado por ese Dios que le habla en un diálogo interno y que la coge como un ser poseso dentro del cual luchan la sumisión y la implacabilidad del juez que todo lo ve.

 

Es curioso también notar dentro de esa ligereza de la cámara como nuestra protagonista se atreve a lanzarnos sonrisas cómplices, miradas fijas con unos ojos traviesos, joviales y tiernos. Gestos que luego se verán degradados a niveles dramáticos. Los improperios inquisidores de un grupo de niños parecen ser el punto álgido en el descenso ocasionado por el inútil intento de retener un amor.

 

El impedimento de la unión física aqueja a Bess y a Jan. La locura los alcanza y perjudica. A lo largo de siete capítulos los escollos aparecen uno tras otro y no dejan de oprimirlos hasta el fuerte desenlace. Se intercalan tan solo con algún respiro esperanzador simbolizado en los intermedios con música de fondo y paisajes apacibles. Como una suerte de vía externa que les permitirá huir de una realidad putrefacta, carcomida por la intolerancia, el fanatismo, el nihilismo por un lado y la mojigatería por el otro.

 

Rompiendo las olas aborda muchos capas sociales, pero sobre todo el amor. El amor y su poderío sin parangón representado en un delicioso y mágico final. Sorprendente, fantasioso, milagroso, místico, surreal. Demasiados adjetivos que no logran describir una película impactante, fuerte y enternecedora. Un auténtico maretazo de sensaciones que, efectivamente, rompe las olas de la languidez y frivolidad humanas y nos lleva a los oscuros confines de nuestra difusa espiritualidad.

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2 Responses to Rompiendo las olas / Breaking The Waves

  1. […] y todo el mundo sabe que de ésta a la experiencia religiosa el trecho es más bien corto. Como en Rompiendo las olas. Con películas como ésta nuevamente todo el mundo sabe, o si no debería saberlo, que las […]

  2. tt dice:

    totalmente de acuerdo. la mejor película de LVT. una de las mejores películas de toda la historia del cine.

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